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Para llegar a las carboneras, entrad en el parque por el acceso principal. Justo a la derecha encontraréis un cartel con un plano esquemático del Parque Arqueológico del Puig de sa Morisca, donde está indicado este conjunto etnográfico.
Seguid por el camino principal y dejad el edificio del museo a la izquierda.
Después de caminar unos 100 metros, llegaréis a un primer cruce. Debéis tomar el camino que tenéis justo delante, el que sube hacia el Puig de sa Morisca. También lo encontraréis señalizado. A partir de aquí, el camino empieza a ascender suavemente entre la vegetación.
Unos 100 metros más adelante llegaréis al collado del Puig de sa Morisca. Esta zona formaba parte del antiguo poblado prehistórico que ocupaba la cima y las laderas del puig. Aquí veréis otro cruce, junto a un muro de piedra. Debéis continuar de frente, por el camino también señalizado. A partir de este punto empezaréis un descenso suave y, al cabo de unos 100 metros, llegaréis a las carboneras.
El conjunto está formado por tres elementos principales: un rotlo de sitja y dos barracas de carbonero. El rotlo es la plataforma circular de piedra que veréis en el centro del conjunto. Sobre esta base se colocaba la leña de manera ordenada para formar la sitja, el gran montón que, después de ser cubierto con tierra y controlado durante días, permitía obtener carbón vegetal.
Fijaos en la forma circular del rotlo. No era una simple acumulación de piedras, sino una estructura preparada para sostener la leña y facilitar una combustión lenta, con muy poco oxígeno. Este control era esencial: si entraba demasiado aire, la leña ardía del todo y se perdía el carbón; si entraba demasiado poco, la sitja no cocía bien.
Al lado del rotlo veréis dos barracas de carbonero. Sus paredes son de piedra en seco, hechas con piedras del mismo entorno. Las cubiertas vegetales han sido reconstruidas para ayudarnos a imaginar cómo eran estos refugios temporales.
Durante los meses de trabajo, los carboneros y a menudo también sus familias vivían en barracas como estas, muy cerca de la sitja, porque tenían que vigilarla de día y de noche.
Entrad con la mirada e imaginad la vida en este pequeño espacio: dormir, guardar algunos alimentos, protegerse de la lluvia y estar siempre pendientes del humo, del viento y del fuego. Las barracas no eran casas cómodas, sino refugios sencillos y funcionales, construidos para permitir un trabajo duro, estacional y mal pagado.
Este conjunto nos muestra una parte muy reciente de la historia del parque, pero también muy importante. Antes de la llegada generalizada de la electricidad y del gas, el carbón vegetal era una fuente de energía básica para cocinar y calentar las casas. Las carboneras del Puig de sa Morisca nos recuerdan que este paisaje no solo conserva restos prehistóricos: también guarda la memoria de las personas que trabajaron el bosque, lo transformaron y vivieron de él.
El conjunto de las carboneras presenta cuatro facetas que nos ayudan a entender mejor la importancia histórica, social y ambiental de este espacio.
Hoy encendemos la luz, ponemos la calefacción o cocinamos con un gesto sencillo. Pero durante mucho tiempo, antes de la generalización de la electricidad, el gas y otras fuentes de energía modernas, muchas casas dependían de la leña y del carbón vegetal.
El carbón vegetal era una energía básica para cocinar, calentar las casas y alimentar algunas actividades artesanales. Era más fácil de transportar que la leña, pesaba menos y producía más calor. Por eso, su producción fue una actividad muy importante en muchos bosques de Mallorca.
Las carboneras del Puig de sa Morisca nos permiten ver el lugar donde empezaba este proceso. Aquí, la leña cortada en el bosque se colocaba sobre el rotlo, se cubría con tierra y se cocía lentamente durante días, con muy poco oxígeno. El resultado era el carbón que después llegaba a los pueblos y a las casas.
Este conjunto nos ayuda a recordar que la energía también tiene historia. Aquello que hoy nos parece cotidiano e inmediato, antes dependía de mucho trabajo, de conocimientos transmitidos de generación en generación y de una relación muy directa con el bosque.
Hacer carbón no era solo un trabajo: durante una parte importante del año era una manera de vivir. Según diversas fuentes orales, la temporada podía empezar en primavera, a veces justo después de Pascua, y alargarse hasta Sant Miquel, el 29 de septiembre. Durante estos meses, los carboneros se instalaban dentro del bosque y organizaban la vida cotidiana alrededor del ranxo, el espacio de trabajo donde se hacían la sitja, el rotlo y las barracas.
No era extraño que el carbonero no fuera solo. En muchas ocasiones subía toda la familia: la mujer, los hijos y otros parientes.
Las barracas que veréis junto al rotlo nos ayudan a imaginar esta vida compartida, pero también muy dura. Eran refugios sencillos, con paredes de piedra en seco y cubiertas vegetales, pensados para dormir, guardar algunos alimentos, protegerse de la lluvia y mantenerse cerca de la sitja. El número de barracas dependía a menudo de las personas que debían permanecer en el ranxo.
El trabajo se repartía entre todos, aunque no todo el mundo hacía las mismas tareas. El carbonero se encargaba de seleccionar el lugar, preparar el rotlo, cortar la leña, montar la sitja y controlar la cocción. Pero el resto de la familia también participaba en el funcionamiento del ranxo: preparar la comida, ir a buscar agua, recoger leña fina, ayudar a transportar materiales, cuidar animales, mantener la barraca o vigilar pequeños detalles del proceso.
La sitja no se podía abandonar. Durante ocho o nueve días, y a menudo también durante la noche, había que vigilar el fuego, el humo y el viento. Si entraba demasiado aire, la leña podía quemarse demasiado rápido y se perdía el carbón. Si el fuego no avanzaba bien, se tenían que abrir o cerrar respiraderos, alimentar el ojo de la sitja o corregir la cocción. Una distracción podía echar a perder muchos días de trabajo.
Por eso, cuando miráis estas barracas, no veis solo unas construcciones humildes. Veis las huellas de una vida familiar organizada alrededor del bosque, del fuego y del trabajo. Las carboneras nos hablan de un oficio duro y mal pagado, pero también de familias enteras que, con esfuerzo, conocimiento y sacrificio, hacían posible una fuente de energía imprescindible para la vida cotidiana de muchas casas mallorquinas.
Las carboneras también nos hablan de la relación entre las personas y el medio natural. Hacer carbón implicaba cortar árboles, aprovechar ramas, preparar caminos, construir rotlos y mantener espacios abiertos dentro del bosque.
Esta actividad transformaba el paisaje, pero también podía contribuir a mantenerlo. Cuando se hacía de manera ordenada, la tala no eliminaba todo el bosque, sino que seleccionaba árboles y ramas, y permitía que el espacio se regenerase con el tiempo. Los carboneros conocían bien el territorio y sabían qué zonas se podían aprovechar, cómo se tenía que cortar y cuándo convenía volver.
Por eso, las carboneras son también una puerta para hablar de gestión forestal.
Durante siglos, muchas actividades tradicionales —como hacer carbón, pastar, recoger leña o mantener caminos— contribuyeron a tener bosques más transitados, más abiertos y menos cargados de combustible vegetal.
Con el abandono de estos trabajos, el bosque dejó de ser un espacio de trabajo cotidiano. Esto nos ayuda a reflexionar sobre un tema muy actual: la relación entre patrimonio, paisaje y prevención de incendios. Las carboneras nos recuerdan que cuidar el bosque no siempre significa no tocarlo, sino gestionarlo con conocimiento y responsabilidad.
Albero, D.; Calderón, M.; Calvo, M. Gloaguen, E. (2011) Sitges y barracas de carbonero. En Patrimonio Cultural del municipio de Calvià. Calvià: Ajuntament de Calvià: 571-580.
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VISITA
Crr. Puig de sa Morisca, s/n, 07180 Santa Ponça, Islas Baleares
patrimonio@calvia.com
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De lunes a viernes y festivos de 10h a 20h
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